Pensaba haber encontrado el equilibrio. A los 28 años,elegí ser peluquera itinerante en residencias y centros especializados. Unoficio de cercanía, de confianza, casi de confidencias. Cada cita es un ritual.
Entre mis clientes habituales está el señor Bonmarchand,de 87 años. Antiguo hombre de negocios, elegante, preciso, perfectamenteautónomo –al menos en apariencia–. Todos los jueves a las 11:15 llamo a supuerta. Es su momento favorito de la semana. Quizá incluso el único.
Con él, todo siempre ha sido sencillo: un corte limpio,una conversación educada, sonrisas compartidas.
Hasta el día en que su memoria empezó a resquebrajarse.
Aquella mañana, al abrir la puerta de su apartamento,como lo había hecho decenas de veces, comprendí que algo había cambiado. Undetalle. Una mirada. Una confusión. Y de repente entendí una verdadescalofriante: el peligro no siempre viene de lo que uno quiere… sino de lo queuno olvida.