Adicción al poder: psicología masculina de la cima y del abismo #936643

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Este libro nace de una escena que muchos no contamos en voz alta. Tú, nosotros, cualquiera. Un día vuelves a casa con el móvil más ligero que nunca. Te han llamado a primera hora, en un despacho con cristales “acústicos”, palabras impecables y una sensación de frío que no se quita con el abrigo. Saliste con una carpeta y sin cargo. La tarjeta de acceso, entregada. El coche de empresa, devuelto. El chat del equipo, silencioso. Caminas más despacio de lo normal porque no sabes qué cara vas a poner cuando cruces la puerta. En la panadería pides una barra como quien se agarra a un gesto antiguo. En el ascensor repasas frases: “son cambios”, “todo bien”, “ya veremos”. Huele a comida en casa; tu gente habla de cosas pequeñas. Y ahí, frente a la mesa, el estómago se te encoge: no sabes si empezar por el principio o por la mentira.
Nos gustaría poder decirte que lo manejamos siempre bien. No es cierto. A muchos nos pasaron escenas parecidas. Unos dimos explicaciones demasiado técnicas para no decir “me han echado”. Otros nos quedamos callados días enteros, como si el silencio retrasara la realidad. Alguno reaccionó con épica: “esto me hace más fuerte”, y por la noche no dormía. Lo que sentimos tiene nombres: vergüenza, rabia, cansancio, miedo a convertirnos en un desconocido para los nuestros. Y una acusación que duele: “perdí una oportunidad irrepetible”. Ahí empieza una batalla silenciosa: o nos castigamos hasta encogernos o aprendemos a convertir la caída en suelo.
Este libro es para ese instante. Para la vuelta a casa con los ojos rojos y la barbilla alta de pura dignidad. Para la conversación que preferiríamos no tener: “Amor, hoy ha pasado esto”. Para la mirada de los hijos: “¿y ahora qué?”; y para el amigo que nos escribe “llama cuando quieras” y no llamamos por orgullo. Es también para el político que ayer cruzaba moquetas y hoy espera turno en una sala sin alfombras, con un carnet provisional y un conductor que ya no es suyo. De un día para otro desaparece el coche oficial y, con él, la agenda que parecía inagotable. Lo que más duele no es el asiento; es descubrir que parte de la “consideración” era ficción: palmaditas que dependían del cargo, no de la persona. Ese vacío, mal gestionado, se convierte en hambre de foco. Bien mirado, puede ser un comienzo.
Y es para quien sostiene empresas familiares donde el poder se parece demasiado al apellido. Sabemos lo que es heredar no sólo un negocio, sino un guion: “aquí siempre lo hicimos así”, “el padre decide”, “el hijo aún no está listo”, “la tía no opina en ventas”, “los primos no se mezclan con operaciones”. Cambiar el mando ahí no es firmar un acta; es mover placas tectónicas de afectos y deudas. Ceder a tiempo se confunde con perder autoridad. Tomar el relevo se confunde con aprobar un examen imposible. En esas casas el traspaso duele porque no se entregan sólo llaves, se sueltan identidades. También para ellos escribimos: para que la sucesión deje de ser una guerra civil cortés y se convierta en obra compartida.
No venimos a vender autoayuda luminosa. Venimos a poner palabras, mapas y herramientas a lo que muchos hombres vivimos sin contarlo: el apego al poder; la euforia de la cima; el abismo de la pérdida; la posibilidad real de volver mejores, más libres y más útiles. Lo hacemos en plural porque no creemos en héroes solitarios. Acompañados se sufre menos, se decide mejor y se sostienen hábitos que, a solas, se nos escapan.
Imaginemos juntos otra escena. Vuelves a casa y dices, con voz cansada pero entera: “Me han despedido. Me duele y me da vergüenza. Hoy necesito vuestra compañía y un par de días para ordenar la cabeza. No soy menos por esto. Os prometo que pediré ayuda y que esta vez no dejaré que el trabajo nos coma”. Silencio. Abrazos torpes. Un plato de comida. La vida continúa, distinta. No hay música épica; hay una silla, una libreta y un paseo para respirar. Empieza el duelo, sí. Pero también empieza el trabajo serio: nombrar lo que pasó sin mentirnos, llorar sin instalarnos, pedir perdón si tocó, reparar lo que se pueda, cuidar el cuerpo, rescatar amistades de verdad, y diseñar una vida en la que el cargo no vuelva a ocupar todo el mapa.
¿Por qué leer este libro? Porque el poder —cuando se pega a la piel— confunde el valor con la visibilidad, y nos roba la alegría en nombre de la ambición. Porque nos cuesta reconocer que, sin límites, el brillo quema y el cargo se convierte en adicción. Porque no nos enseñaron a despedirnos a tiempo, a ceder sin resentimiento, a perder sin convertirnos en sombra. Porque no queremos transmitir a nuestros hijos que “vales si mandas”, sino que vales por cómo tratas, por lo que construyes, por lo que reparas. Y porque hay caminos probados para desapegarnos sin deshacernos: hábitos, estructuras, conversaciones, rituales, decisiones con nombre y fecha.
Lo que vas a encontrar aquí no son sermones ni culpas; son voces, casos, herramientas, acuerdos contigo mismo y con los tuyos. Te proponemos entender cómo funciona la química de la euforia, qué sesgos nos ciegan, cómo huele el inicio del declive y qué hacer cuando ya estamos cayendo. Te acompañamos por el duelo hasta que la piel deja de doler. Te ofrecemos prácticas de descanso —el descanso como disciplina—, de límites —el límite como acto de amor—, de diálogo en casa —la casa como lugar de justicia y ternura—. Te invitamos a liderar de otra manera: repartir poder, construir procesos, aceptar el disenso, celebrar la salida digna tanto como el logro. Y, sobre todo, te recordamos que tu nombre es más largo que tu tarjeta.
Hablaremos de hombres concretos sin exhibirlos. Del directivo que no sabía dormir sin urgencia y aprendió a andar 45 minutos al atardecer para que su corazón le devolviera la llave de casa. Del alcalde que escribió, al dejar el cargo, una carta honesta con aciertos y errores, se calló un año, dio clase y volvió como técnico con más autoridad que antes. Del entrenador que dejó de vivir a través de los chavales y descubrió que el mejor triunfo era que siguieran amando el juego. Y de familias que se atrevieron a pasar de “esto fue del abuelo” a “esto es de todos; y a cada uno le toca cuidar a su manera”.
Tal vez te preguntes: “¿Y si ya es tarde?”. No lo es. Tarde es cuando dejamos de aprender. Si ahora mismo estás en plena tormenta, queremos ser compañía y guía. Si estás arriba y todo brilla, queremos ser freno amable para que no te estrelles. Si vienes de vuelta y sientes que nadie te llama, queremos ayudarte a construir una vida ancha: con trabajo, sí, pero también con silencios, con ocio que no sea escapar sino vivir, con servicio que te saque del ombligo, con amistades que no dependan del cargo. En todos los casos, el camino tiene algo en común: dejar de medirnos por el ruido y empezar a medirnos por la calidad de nuestras obras y de nuestros vínculos.
Hay una frase que nos gusta repetirnos: “Llegarás bien si puedes irte bien”. Valemos cuando entramos con humildad y salimos con gratitud. Cuando documentamos para que otros continúen. Cuando preparamos sucesores que nos superen. Cuando nos dejamos acompañar. Cuando, aun pudiendo alargar, elegimos retirarnos a tiempo. Cuando, habiendo fallado, preferimos reparar a justificarnos. Ese es el tipo de poder que merece la pena: el que se usa, no el que se colecciona. El que sirve, no el que esclaviza.
Este libro no te pedirá perfección. Te pedirá honestidad y pequeñas fidelidades: dormir mejor para decidir mejor; decir “no” a la reunión que alimenta ego y decir “sí” a la cita con tu pareja; preguntar antes de afirmar; agradecer con nombre; pedir perdón sin “peros”; escribir una “carta de legado” aunque aún no te vayas; entregar la tarjeta de aparcamiento con una sonrisa que cuesta y libera. Te pedirá que te juntes con dos o tres hombres que no te teman ni te idolatren y les des permiso para decirte la verdad. Te pedirá que elijas un lugar donde ayudar sin foto. Y que recuerdes que tus hijos, si los tienes, aprenderán menos de tus charlas que de tu manera de llegar a casa.
Sabemos que no hay neutralidad en el poder. O lo ordenamos nosotros o nos ordena él. Pero también sabemos —porque lo hemos visto, vivido y estudiado— que se puede vivir arriba sin romperse, abajo sin odiar, en tránsito sin dramatismo. Se puede ser ambicioso sin adicto, exigente sin cruel, visible sin exhibirse, fuerte sin invulnerable. Se puede perder un cargo y conservar la alegría. Se puede ceder un negocio sin vaciarse. Se puede volver a empezar a los 45, a los 53 o a los 61 con menos ruido y más hondura. No es un cuento; es un oficio que se aprende.

 
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Altre informazioni:

Formato:
ebook
Editore:
masmasculino.com
Anno di pubblicazione:
2025
Dimensione:
7.44 MB
Protezione:
drm
Lingua:
Spagnolo
Autori:
masmasculino.com